damian.

08Jun10

No recuerdo muy bien como empezó todo, hay palabras y miradas que, a veces, se ahogan en charcos mentales. Pero bien, contare lo que he logrado rescatar de ese naufragio psicológico. Él, llameémoslo Damián, entró a la habitación alterado. Bueno, la verdad se mostraba bastante tranquilo, casi distante, pero el gesto de sus labios lo delataba.

“No podemos vernos más.”

Todo él era una contradicción. Me costaba entender que quería decir. Claro, sus palabras no pudieron haber sido más obvias, pero su mirada, su mirada de miel y de mil atardeceres, me pedía desesperadamente que no pusiera mayor atención a lo que salía de su boca.

“No entiendo…”

“¿Qué no enténdes? ¡Ya te lo dije! No te puedo ver más, ya no. Se acabo.”

Dio unos pasos hacia la mesa y sacó un cigarro de la cajetilla que yo había comprado esa mañana. Se sentó en la cama y lo prendió. Yo seguí sus pasos, muda, con la boca seca y los ojos un poco húmedos.

“Pero ¿por qué?”

“Dejá de hacer preguntas. No te van a ayudar en nada. Sabés, ese siempre ha sido tu problema. Preguntas demasiado. Y lo peor es que no preguntás para saber la respuesta, lo hacés porque ¡no tenés nada mejor que decir!”

Me terminé mi cigarro callada, la nicotina sólo alimentó mi confusión. Lo volteé a ver. Damián estaba todavía envuelto en una nube de humo, pero temblaba con la mirada fija al vacío.

Un silencio agrio inundo el espacio entre él y yo. De repente me paré. Empecé a caminar como sicótica. Damián sólo me observaba, y aunque trataba de endurecer su rostro, no podía esconder una profunda tristeza que lo marcaba, como una gran cicatriz en la mejilla.

“Si querés dejarlo aquí, no hay nada que yo pueda hacer. Pero creo que merezco una explicación.”

“No te puedo ver más porque ya no puedo respirar contigo, o sin ti. Es que, odio las canciones que cantás y odio tu voz. Odio como te ponés los zapatos, odio tus ojos y tu boca. Odio cuando te veo y cuando te dejo de ver. Odio tus manos ansiosas, y tu deseo inagotable de estar conmigo. Te odio cuando llorás, pero más aún cuando reís.”

Se desplomó fatigado sobre la cama, parecía que sus propias palabras lo habían debilitado. Me acerque a él lentamente. Me acosté a su lado y, mientras tocaba su labio inferior, le dije:

“Si todo lo que acabas de decir es cierto, quiero que te vayas ahorita, y que no volvás nunca.”

Su cuerpo se puso tenso y dejó de respirar por un segundo. Luego se levantó, camino hacía la puerta y, justo cuando estaba a dos pasos de salir de mi vida, se quedó inmóvil. Yo me senté porque sabía que se daría la vuelta para decirme que todo era una mentira, que todavía me quería, no,  que todavía me amaba.

Pero no fue así. Se quedo petrificado viendo hacia fuera, suspiró, y se marchó.

Así fue como pasó, o al menos como lo recuerdo. Unos años después, hablando con su hermana, tras su muerte, me entere que esa noche Damián no se fue de mi casa, durmió en la cochera, porque nada de lo que había dicho era verdad. Ella me dijo que se acordaba perfectamente de ese día, ya que fue el día cuando recibieron esas terribles y letales noticias del hospital.

Lo comprendí todo.

Advertisement


No Responses Yet to “damian.”

  1. Leave a Comment

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Connecting to %s


Follow

Get every new post delivered to your Inbox.